15 de octubre de 2015, 09:00

Las interfaces cerebro-ordenador nos permitirán por medio de dispositivos inteligentes y unos algoritmos matemáticos controlar los objetos conectados a Internet gracias a las señales eléctricas de nuestro cerebro.

Las interfaces cerebro-ordenador, en inglés Brain Computer Interface (BCI) no son algo nuevo, datan de 1929 cuando Hans Berger aplicó por primera vez la técnica de la electroencefalografía. Actualmente está presente en la detección de la actividad cerebral en los casos de coma, pero con la llegada del Internet de las Cosas, y miles de objetos cotidianos conectados a la red a nuestro alrededor podemos ir mucho más allá.

Tan Le, la invitada de esta semana, es fundadora de Emotiv, una compañía de bioinformática que trabaja en un dispositivo capaz de identificar nuestras señales cerebrales con el objetivo de poder controlar los objetos de nuestro alrededor. El principio por el que funciona esta tecnología no es tan complejo como puede parecer en un principio. Las neuronas de nuestro cerebro se comunican entre si de forma química, según la forma, momento y cantidad de señales entre las que se conectan las neuronas podemos entender cuales son sus ordenes, y si nosotros somos capaces de entenderlas, por medio de algoritmos matemáticos serán capaces de entenderlas dispositivos como el de Emotiv.

A partir de ahí, simplemente existe una comunicación objeto con objeto conectado a Internet, de la misma forma que se comunica un periférico con nuestro ordenador. Gracias a nuestros pensamientos seremos capaces de controlar cualquier ordenador, aplicación informática u objeto físico. Las interfaces cerebro-ordenador son el claro siguiente paso de la realidad virtual, ya que obtendremos una sensación de profundidad mucho más completa que solamente bajo el control visual.

Gracias al control sináptico que podemos conseguir, otros apartados de innovación en las tecnologías como la monitorización del sueño, será mucho más complejo que lo que tenemos actualmente, una ciencia que se queda aún demasiado lejos de un estudio real, pudiendo ser usado incluso en casos clínicos.

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